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Agenda Cultural

 

Sí, Lope conquistó la popularidad mientras vivió. Cuando se quería ensalzar una obra de arte o se querían destacar las propiedades de algún producto, por muy vulgar que éste fuera, se echaba mano de la expresión “es de Lope”. Tal era su fama que la oración de moda durante unos años estaba dedicada a él: “Creo en Lope de Vega todo poderoso, poeta del cielo y la tierra”. El asunto, sin embargo, no hizo mucha gracia a la Inquisición que tuvo que intervenir para quitar de en medio el nuevo Credo. Dicen que la gente paraba a Lope por la calle para saludarle y confesarle admiración y entonces le aplaudían. Vivió la gloria del éxito y se alzó como máximo exponente de la poesía y el teatro de su época.

Uno de los acontecimientos que mejor demuestra la extraordinaria popularidad que alcanzó Lope de Vega, al que las gentes consideraban como el gran escritor que representaba al pueblo, es el sensacional entierro que tuvo. Las honras fúnebres, que duraron ni más ni menos que nueve días, se convirtieron en las exequias más notables de aquellos días.

Le cupo a Lope ser el representante adecuado de la colectividad a la que pertenecía. Su vida, tumulto sin orillas, es como el fluir de la Historia contemporánea, alocada, orgullosa, desmedida, llena de tropiezos y de gestos de increíble nobleza. Hincada firmemente en la ortodoxia católica y en la fidelidad al Rey, Lope asimila el latido de su pueblo y lo muda en criatura de arte, dándole un ademán de extraordinaria belleza, pero sin puntos de vista nuevos y complicados, sino fiel siempre a la multitud en que se encuentra y apoya”
(Zamora Vicente)

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Su madre fue Francisca Fernández Flórez y su padre Félix de Vega Carpio, maestro bordador, ambos procedían de las montañas de Cantabria.

Lope tuvo cuatro hermanos: Francisco, Juliana, Luisa y Juan. El poeta pasó parte de su infancia en casa de su tío, don Miguel de Carpio, Inquisidor de Sevilla.

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No, en esos años no existía el derecho de la propiedad intelectual, el derecho de autor. El autor o editor se exponían, por tanto, a que sus obras fueran publicadas en cualquier momento por otro editor. Las únicas herramientas para impedir que eso ocurriera eran la licencia de impresión y el privilegio que se solicitaba al rey para lo que se llamaba ‘exclusiva de edición’, que se concedía por un número de años y en un ámbito geográfico determinados.

– Si existía el privilegio real para una obra, legalmente nadie más podía editarla. El monarca podía otorgar éste al autor y también al editor o librero, y ambos podían publicar la obra a su costa o ceder el privilegio a otro que quisiera comprarlo.

– Tanto el ‘privilegio’ concedido al autor como la ‘cesión’ al editor figuraban en los preliminares de los libros, así como la ‘fe de erratas’, donde se hacía constar la lista de posibles errores de la impresión. Otros requisitos eran la ‘aprobación’, que era el visto bueno de la iglesia, es decir, la censura religiosa, y, por último, la ‘tasa’, donde se explicaba detalladamente el precio del libro. Solo los comerciantes y tratantes de negocios acaudalados, los nobles y otros miembros de la clase alta podían comprar libros, un objeto de auténtico lujo para la inmensa mayoría de los españoles.

– En el caso de las comedias (nombre general para las obras de teatro, fueran comedias o tragedias), los autores escribían la obra para ser representada. Posteriormente, el texto en algunos casos se imprimía y generalmente aparecía en un recopilatorio de doce obras, que se denominaba ‘parte’, como unidad o parte de varios volúmenes. Estos recopilatorios podían ser de un mismo autor o de varios autores.

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En la época de Lope de Vega existían el teatro cortesano, el teatro religioso y el teatro popular. El primero, que se representaba en los palacios reales, y el religioso tenían lugar durante el día. A éste segundo pertenece la celebración de la Octava de la fiesta del Corpus, con la interpretación de los autos sacramentales. Por último, el teatro popular se llevaba a cabo en los corrales de comediasLos primeros corrales de comedias fueron patios interiores de viviendas donde se improvisaban un escenario y unas localidades. Al ganar popularidad fueron creciendo y haciéndose más complejos. Se podían distinguir en ellos distintas partes: el escenario, que era un tablado sin telón ni decorados; la cazuela, en el lado opuesto y reservada a las mujeres; los aposentos, balcones y ventanas de las casas que cerraban el patio y que estaban destinados a los nobles, y el patio, para la gente del pueblo. La parte final del patio quedaba para los mosqueteros, que se ganaron ese nombre por sus gritos y por su actitud pendenciera ante las representaciones que no eran de su gusto. Lo habitual era que lanzaran verduras al escenario. Por último, frente al escenario había bancos reservados a los comerciantes y los artesanos que podían pagarse una entrada un poco mejor., con representaciones a las que podía acudir cualquiera, siempre que pagara, claro. Los corrales estaban regentados por las cofradíasLa Cofradía de la Soledad alquiló, a comienzos de 1574, el corral de Burguillos. Su intención era conseguir con la representación de comedias unos ingresos extraordinarios parecidos a los que recaudaba la Cofradía de la Pasión desde 1568. Ambas se enredaron entonces en un pleito, iniciado por la de la Pasión, que trataba de mantener el monopolio. El litigio se cerró con un acuerdo ratificado por el Consejo de Castilla, según el cual las dos instituciones se repartirían los ingresos y gastos relacionados con las representaciones de comedias. La Cofradía de la Pasión se llevaría las dos terceras partes y el tercio restante sería para la de la Soledad.

“Porque dando un real a la comedia, se da medio al hospital y a los pobres, y somos de tan ruin naturaleza, que aunque veamos a nuestra puerta los pobres como llovidos y las camas de los hospitales llenas de ellos, no nos alargamos a darles dos maravedís de una vez, y por este camino se paga un tributo grande a los hospitales [...] sin duda, el provecho que sacan de las representaciones es grandísimo, y se había de mirar en esto con mucho cuidado; y así, considerándolo, todas las ciudades de España donde quiera que hacen teatro aplican su provecho al hospital”, advertía Francisco Ortiz en su Apología en defensa de las comedias que se representan en España, escrita a principios del siglo XVII.
y eran las compañías de actoresEn la época de Lope de Vega había dos grandes categorías de actores. Por un lado, estaban los cómicos que se agrupaban en las ‘compañías de la legua’, a las que se llamaba así porque no podían estar a menos de una legua de los grandes núcleos urbanos. Las estructuras de estas compañías eran variadas y las representaciones que ofrecían, pasando de un pueblo a otro, eran a menudo muy poco competentes y de baja calidad.

Por otra parte, la mayoría de los actores trabajaba en compañías absolutamente profesionales, con una estructura fija y una jerarquía rígida. Eran grupos que disfrutaban de algunos privilegios y contaban con el reconocimiento de la corte real, que les otorgaba un título oficial por el cual se las llamaba ‘compañías de título’.

Estas ‘sociedades’ se formaban durante la Cuaresma, época en que no había teatro, y sus contratos duraban un año. Los jefes de la compañía compraban una comedia al autor y ellos mismos la adaptaban a las necesidades de sus actores. También se ocupaban de pasar la censura y obtener los permisos de representación.,
muchas de ellas con una estructura fija, las que mantenían el teatro.

– El éxito del teatro en los corrales de comedias fue tal que las compañías pasaron a representar las funciones todos los días dejando atrás la costumbre de hacerlo solo los días festivos. Las obras permanecían en cartel uno o dos días –excepcionalmente se aguantaban cinco-, los espectáculos duraban entre dos horas y media y tres, y el horario habitual era a las dos o tres de la tarde en invierno y a las cuatro en verano. Las representaciones teatralesLa función comenzaba generalmente con una ‘loa’ que pedía el favor del público e intentaba ya desde esos primeros minutos ganarse a los asistentes y ponerles de lado de la compañía. Con esta introducción, además, se procuraba hacer callar a los espectadores. En el primer acto, los cómicos ponían al público en situación con sus declamaciones, con las que trataban de suplir la pobreza de los escenarios. Había que entretener constantemente a los espectadores evitando los vacíos en escena, por lo que las pausas eran escasas. Entre el primer y el segundo acto se representaba un ‘entremés’ y entre los dos últimos actos había un baile o una jácara cantada. Una ‘mojiganga’ –actuación con música, baile y bullicio– ponía fin a la representación., que se suspendían en caso de lluvia, tenían que terminar antes de la puesta de sol por razones morales y de orden público.

– Los autores escribían las obras para su representación y después en muchos casos se imprimían. Los comediantes se vinculaban a las compañías de actores, que eran estables y estaban reguladas legalmente. Había distintos tipos de compañías: las reales o de título, las de la legua o ambulantes, los títeres y cómicos… Pero con los corrales, los primeros teatros fijos, aparecieron también las compañías estables. Éstas, compuestas por un mínimo de quince actores, solían llevar en repertorio unas cincuenta comedias.

– Las cofradías regentaban los corrales de comedias y destinaban los ingresos al mantenimiento de hospitales y obras de caridad. La Cofradía de la Sagrada Pasión y la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad regentaron los dos corrales de comedias de Madrid más famosos de todos, el de la Cruz y el del Príncipe.

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Su madre fue Francisca Fernández Flórez y su padre Félix de Vega Carpio, maestro bordador, ambos procedían de las montañas de Cantabria.

Lope tuvo cuatro hermanos: Francisco, Juliana, Luisa y Juan. El poeta pasó parte de su infancia en casa de su tío, don Miguel de Carpio, Inquisidor de Sevilla.

Sí y Lope de Vega creó los mejores personajes femeninos del teatro del Siglo de Oro, mujeres que fueron interpretadas por actrices o ‘comediantas’ en los escenarios de las corralas. Intrépidas y decididas, las mujeres de las obras de Lope se visten de hombres o viajan disfrazadas de criadas, se saltan las normas legales y las imposiciones sociales, están dispuestas a lo que sea para conseguir lo que buscan, igual que los hombres.

Algunos de estos rompedores personajes aparecen, por ejemplo, en El perro del hortelano, donde su protagonista no sólo elige por sí misma varón para casarse, sino que, además, lo escoge entre sus empleados; o en Fuenteovejuna, donde Laurencia arenga a los hombres asustados para que no quede impune la violación a la que ha sido sometida. En La moza de cántaro, Doña María abandona su casa para convertirse en criada y vengar una afrenta familiar, y en La serrana de la vera, Gila renuncia a su hacienda y a las comodidades para remediar una humillación masculina y se convierte en bandolera y, con ello, en dueña absoluta de su vida.

– En España, al contrario de lo que ocurría en Inglaterra, la presencia de las mujeres fue muy relevante en el teatro. Aunque en los siglos XVI y XVII las mujeres no eran consideradas sujetos legales, supieron sortear todas las dificultades y consiguieron incorporarse al universo teatral como autoras de comedias, actrices e incluso como empresarias.

– Jerónima de Burgos, Francisca Baltasara –más conocida como 'La Baltasara'–, Bárbara Coronel, Jusepa Vaca, Micaela Fernández, María de Navas, Francisca Vallejo, Ana Muñoz, Juana de Villalba y las autoras María de Zayas y Ana Caro de Mallén son algunas de las mujeres que formaron parte del teatro del Siglo de Oro.

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Su madre fue Francisca Fernández Flórez y su padre Félix de Vega Carpio, maestro bordador, ambos procedían de las montañas de Cantabria.

Lope tuvo cuatro hermanos: Francisco, Juliana, Luisa y Juan. El poeta pasó parte de su infancia en casa de su tío, don Miguel de Carpio, Inquisidor de Sevilla.